Fútbol con delay

Que la selección española de fútbol dispute su tercera final consecutiva nos servirá en la senectud para tener algo en qué pensar mientras nos apagamos lentamente. Eso es todo; podremos decirnos a nosotros mismos: yo vi ganar a la selección un mundial, una Eurocopa (o dos). Ser testigo de algo es al menos ser dueño de un consuelo. Yo lo vi, o sea: yo viví para ver eso.

Vivir para ver ganar a tu equipo, como si al ganar tu equipo de alguna forma ganaras tú, como espectador, viene a ser lo mismo que vivir para no tocar la vida o para observar sólo la vida de los otros. No mezclarse, no inmiscuirse, no tomar partido, no jugársela, no figurar, no estar, no pronunciarse. Únicamente observar, frente al televisor, cómo va ganando con elegancia un equipo de fútbol.

Ayer viví el partido de fútbol a través de Internet, esto es, con delay. Cuando Portugal fallaba un penalti oía los gritos de la multitud y luego, unos veinte segundos más tarde, veía en mi pantalla el acontecimiento, la cosa en sí. Ver un partido de fútbol sabiendo que ya ha ocurrido lo que se está viendo es una traición a la sociedad, al modo de vida, al vecino que salta mientras tú te preguntas si no deja de tener sentido ese pequeño diferido. En realidad estaba más pendiente de los gritos del barrio que de lo que veía. Cada ocasión de gol quedaba, por el delay, huérfana de aullido por mi parte. Saber que el balón se va a perder arriba, en las gradas, o que el penalti no será pitado, me daba también cierto sosiego. Empecé a pensar que la actualidad es una enfermedad y nosotros somos los síntomas. Empecé a pensar que observar algo que no está sucediendo, algo que ya ha sucedido, nos procura siempre un estado melancólico. Pero la melancolía no puede operar con el pasado inmediato, la melancolía trabaja con las grandes distancias temporales.

Una melancolía falsa, pues. Una melancolía que no conoce las reglas del pasado, la persistente acción del tiempo, un sucedáneo, como el fútbol con delay.

Ver el fútbol así me recuerda también algo perverso e inevitable: sólo el instante tiene la capacidad de agitar la voluntad, sólo la acción puede conmocionar, quizá por eso el apocalipsis no termine de convencernos, quizá el apocalipsis suena también con delay.

Observar es, de algún modo incomprensible, jugar a intuir qué es lo que va a pasar. Actuar es construir, actuar es posicionarse, tomar partido, contratacar. Observar es refrendar la realidad, hacerla legítima. Actuar es, de algún modo incomprensible, impugnar la realidad, negarla, proponer otra distinta. Observar es asegurar la no injerencia, no mancharse las manos. Actuar es mancharse las manos.

En realidad todo tiene un delay inapreciable, todo nos llega amortiguado unos instantes después. Solo la muerte emite en riguroso directo.

Como observadores de un mundo espectacular estamos armados con el delay fatídico de la melancolía.

En todo esto pensaba mientras veía el fútbol con delay.

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