¿Por qué escribes?

Siempre me ha llamado la atención, cuando leo entrevistas a escritores, constatar que la gran pregunta es invariable: ¿por qué escribes? Esta interpelación comporta una extrañeza: escribir es una anomalía, escribir es algo inusual, por eso el entrevistador se interesa tanto por los motivos. Sin embargo, el hecho íntimo de la escritura no debería cifrarse en términos tan explícitos, no queremos saber por qué Luis Landero o Juan Marsé (por poner dos ejemplos) escriben, nos interesa mucho más la escenificación de la escritura, es decir, la publicación. La pregunta que nunca he llegado a leer en una entrevista es ¿por qué publicas? Imagino que la obviedad de la respuesta (por dinero) anula toda reflexión que pueda producirse en torno a este asunto, pero a tenor de las ganancias de un autor (recordemos las declaraciones del propio Marsé cuando recibió el Premio Cervantes) tal aseveración parece difícil de defender. Entonces, ¿por qué publican?

Gabriel García Márquez aseguró en su día «escribo para que me quieran», y Rafael Reig sentenció «escribo por venganza». Hay tantas interpretaciones de la escritura como escritores, de modo que no es extraño tratar de obtener mediante la pregunta por qué escribes la esencia del autor, la respuesta puede ser un descodificador más de su lenguaje. Pero, ¿le quieren más a Gabo por escribir? ¿Ha logrado Reig vengarse? La respuesta a la pregunta de por qué se escribe se circunscribe en la retórica que el escritor quiera darnos y, también, a las circunstancias que le rodeen en ese momento; por lo tanto la respuesta puede ser múltiple, el escritor puede decirnos hoy que escribe por amor y mañana que escribe por odio. Sin embargo la publicación no admite respuestas múltiples, ante la pregunta ¿por qué publicas? Solo cabe una respuesta: la única que justifique la puesta en escena de un trabajo íntimo.

El diccionario de la RAE sentencia; publicar: hacer patente y manifiesto al público algo. Mientras que la escritura es un hecho íntimo, oculto, privado, la publicación es un acto de desprendimiento, degenerativo, desalentador. Publicar es atreverse a enseñar.

Entendemos que la cuestión de la escritura está por encima de toda lógica y todo entendimiento. Un tipo que realmente tenga fe en la necesidad de la escritura jamás se planteará su génesis, jamás tratará de explicar lo inexplicable.

Mientras que escribir es un acto fundamental, definitivo, orgánico, heroico, apasionante y desmesurado, publicar es un daño colateral, un acto de desprendimiento o un ejercicio de narcisismo.

Publicar es atreverse a enseñar lo que uno hizo. Quizá en la publicación todos los autores tengan un motivo común, todos representen una misma conciencia, a la manera de Jung. Resulta obvio que todos tratan de llegar al mayor número de lectores posible, y a todos les gustaría vivir exclusivamente de las ventas de sus libros, pero esto no es así, la gran mayoría necesita realizar trabajos para sobrevivir. Descartado entonces el factor económico, nos queda sólo una opción: vanidad.

La vanidad no tiene por qué ser entendida como un defecto, siempre y cuando no comporte una negación del otro (de lo otro); la vanidad, si es afirmación del yo y arma para contratacar en los momentos difíciles, resulta legítima y sana. Quizá la proliferación de pequeñas editoriales y la gigantesca cantidad de ficción que se publica al año en este país (en torno a los 20.000 libros) sea una muestra del juego de espejos al que nos vamos reconduciendo.

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