Desiertos e infiernos

Nos acercamos al fin, o al principio; todo depende del lado desde el que se mire el caleidoscopio de la actualidad política. Para empezar, vamos constatando que los de arriba no saben qué pasa cuando pasa algo. Rajoy tenía una fe ciega en la derecha griega; creía Mariano que, si ganaba la derecha en Grecia, los mercados dejarían de acosar a España. No ha sido así. Bienvenidos al desierto de lo real. Bienvenidos al Infierno de la normalidad.

En los desiertos y en los infiernos se cumplen las mismas leyes: no pasa nada y hace mucho calor. Todo es aburrido y todo arde, todo está en perpetua combustión; quizá estemos todos muertos, como en Comala, y aún no nos hemos enterado, o mucho peor: nunca lo sabremos. En el Infierno, en contra de la creencia popular, no hay dolor, ni siquiera sufrimiento: en el Infierno no hay nada, ese es el castigo.

La tesis que sostengo desde este espacio iluminado es la siguiente: seremos intervenidos y no lo notaremos, la vida seguirá sucediéndose tediosa y precaria, y la nada, la normalidad, nos calentará durante todo el verano y parte del Otoño.

El juego de los que están arriba consiste en hacernos creer que hacen algo y que saben lo que hacen. El papel de los mercados parece consistir en poner a los de arriba en su sitio. Eliminemos cargos intermedios: suprimamos a los que están arriba, que mande el mercado, la independencia del mercado, la sabiduría del mercado, así España será intervenida y nos ahorraremos el debate estéril sobre qué es mejor y qué peor. Que decida el mercado por nosotros. Eliminemos la democracia.

Parecía que en Grecia estábamos jugándonos una mano definitiva en este póker sublime, el póker de los dioses, el póker de la economía. Resulta que amanecemos nuevamente con el agua al cuello, y que la victoria de la derecha, el acatamiento del pueblo griego a las exigencias alemanas, no revierte en una confianza, no hace que el mundo sea un lugar más convincente, más fiable, más seguro.

Lo he repetido en otros post, lo voy a volver a decir: el capitán no sabe interpretar las cartas de navegación, el capitán cree que, sólo por llevar cosida la insignia que le acredita, el barco atracará con éxito. Los títulos de patrón de barco no manejan los mandos, pero hacen muy vistoso el uniforme.

Después de demonizar a la izquierda, después de advertirnos de la debacle que caería sobre el euro si la izquierda de Syriza ganaba este Domingo, asistimos a un nuevo desequilibrio emocional de los mercados. Así que la izquierda no es la responsable de la falta de confianza, así que la izquierda queda nuevamente marginada del plan, así que los mercados no se han portado. Así que los mercados no saben de política.

La prima de riesgo —esa espada de Damocles— y el interés del bono español a diez años —esa promesa— suben cotas intolerables en este Junio desapasionado. Nunca un verano fue tan gris, nunca un verano nos dejó a la intemperie, tan desprovistos, tan huérfanos, tan desprotegidos. Sin embargo hace calor, mucho calor, y todo parece dirigido por un guión que ya conocemos, todo nos suena como de otra canción: la banda sonora del tedio.

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