El plan

Tener un enemigo es tener un por qué frente al caos, nadie quiere entender que finalmente correr o pelear no sirven de nada: corremos y peleamos siempre contra alguien, o contra algo. El precipicio del que tanto se habla últimamente en prensa consiste en descubrir que no hay precipicio, ni enemigo.

Para justificar una guerra Bush también construyó un eje diabólico que garantizaba el odio, garantizar el odio es la mejor forma de combatir la incertidumbre: preferimos el odio porque la incertidumbre no es rentable, el odio si.

La cuestión es la siguiente: tú y yo sabemos quién está a este lado de la trinchera, ellos no, ellos no pueden saberlo, porque en su lado no hay trincheras, sólo un único propósito: mantener la expectativa, mantener la certidumbre de la lucha. Nos hacen creer que pelean contra gigantes, nos hacen creer que estamos todos en la misma trinchera: es falso, en las trincheras sólo estamos tú y yo, ellos no pelean, ni corren, ellos hacen números. Ellos construyen las trincheras para que los demás las usemos.

La crisis está desenmascarando la verdad de los poderosos: ignoran que el sistema no lo han construido ellos, el sistema es un ente que ya no tiene dueño, nadie es responsable, a ti y a mi nos queda al menos el consuelo de apuntar a los de arriba, aun sabiendo que los de arriba no pueden nada contra la hidra del mercado; los de arriba tratan de apuntar a su vez más arriba, todos nos pasamos el relevo en esta carrera sin fin hacia la ruina o hacia la nada o hacia otra carrera más ansiógena, pero la meta no llega, porque la meta no existe.

Los límites del campo de batalla no están definidos, la guerra es sólo una construcción mental; después de saber que la banca española será rescatada el mundo ha seguido girando, el cataclismo no se ha producido, la mañana ha seguido convocando en su tedio a los horarios laborales. Así que ser rescatado era esto. Esta normalidad.

Creemos dominar nuestras creaciones, sin embargo toda creación aspira a ser independiente y a explicarse por sí misma; así, Frankenstein nunca tuvo tanta vigencia como en esta crisis que no sabemos si es real o es fruto de una realidad paralela. Los poderosos andan tratando de interpretar los signos que auguran el apocalipsis, quizá escupir datos sea la metáfora definitiva, la metáfora que explicará el siglo XXI. Entre tanto resulta curioso, cuando menos, que se hable ya de una debacle si gana la izquierda en Grecia. Una debacle ¿para quién?, ¿por qué siempre se acusa a la izquierda de ir contra los mercados? Son los mercados los que van contra la izquierda, porque su naturaleza no les permite conciliar el funcionamiento óptimo con el reparto óptimo. Por si alguien aún no se ha enterado, los mercados solo quieren una cosa: ganar más dinero; los inversores sólo quieren una cosa: rentabilizar sus ahorros. A los mercados, a los inversores, les importa un carajo que un Estado se hunda, sólo quieren saber dónde poner sus moneditas para seguir jugando al monopoly, si alguien se queda sin pensión, a tres mil kilómetros, que se joda.

Este es el estado de las cosas: hay una guerra ficticia contra un enemigo ficticio, seguimos luchando los que siempre hemos tenido que luchar. Los que están arriba ahora parece que tratan de darnos la imagen de alguien que también está en la lucha. El mundo es complejo y no hay plan, no hay confabulación mundial. Rige el caos.

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