España no es Uganda

Ser un ganador comporta frente al mundo la actitud de la humildad; ser un perdedor le coloca (le ha de colocar) a uno, en la postura del candidato, en la tesitura de la lucha. Así, ganar es un accidente y perder es la naturaleza a la que estamos condenados; la muerte, que es la derrota definitiva, nos recuerda este axioma.

Dicen que a algunos entrenadores de fútbol les basta con recordar el nombre del club que defienden sus jugadores para evocar así toda su historia: «somos el Real Madrid», dicen que dicen. Como en los asuntos del demonio, basta con nombrar a la bestia para convocarla. Decir «somos el Real Madrid» significa ganar el partido antes de jugarlo, significa pasar por encima de las leyes del triunfo, que son insondables.

En clave parecida, Mariano Rajoy le ha mandado este fin de semana un sms al ministro de los asuntos económicos que nos está pastoreando por Europa. En el mensaje, el señor presidente escribe: «España no es Uganda», dando por hecho que el partido está ganado mucho antes de jugarlo.

Conviene recordar el alcance de los humildes, al Alcorcón y al Getafe, que no son excepciones, son la rúbrica que firma las leyes de la victoria: no gana el mejor, gana el que mejor sabe competir. Hay, por lo tanto, que esperar al menos a jugar el partido; es jugando donde uno demuestra quién es y dónde está.

Mis padres me enseñaron desde pequeño a ir siempre con el más débil, esta máxima me ha guiado para llevarle la contraria a la mayoría, y para cambiarme de camiseta cuantas veces crea oportuno; cambiarse de camiseta es una medida, cuando menos, higiénica.

Decir que España no es Uganda plantea cuestiones previas: ¿no somos un país africano? ¿no podemos compararnos con Uganda? ¿Somos la élite frente a la podredumbre del Sur? ¿Qué ha querido decir realmente Mariano Rajoy con su mensaje? Tampoco somos Estados Unidos. Tampoco somos Noruega.

Pero lo más sorprendente del texto es el tono. Algún escritor (¿Jorge Edwards?) ha dejado escrito que, en literatura, la cuestión no es ni el estilo ni el argumento; la cuestión es el tono. En el tono está cifrado todo el potencial de la literatura. El tono del mensaje de nuestro presidente es sincero, directo, llano. Parece un mensaje que le escribe un amigo a otro justo antes de que empiece la final: tranquilo, ganaremos, somos campeones del mundo, ellos no son nadie, les aplastaremos. La soberbia es el primer paso que nos devuelve a la senda original, que es la senda de la derrota; toda soberbia no hace más que traslucir las dudas del héroe: Hamlet duda cuando se ve acosado.

El tono del mensaje nos da también la humanidad de quien lo escribe: resulta que ser presidente del Gobierno no comporta ningún valor, ninguna audacia frente al resto. Los presidentes del gobierno son personas de carne y hueso que también saltan en los estadios de fútbol, gritan, lloran, se emocionan con las victorias ajenas y se aburren. Creíamos que nos dirigían grandes estadistas acostumbrados a tomar grandes decisiones, y entre tanta grandeza se ha ido perdiendo la verdad: son mediocres como tú y como yo, son de carne y hueso, se dejan arrebatar por un balón enredándose en las mayas de una portería.

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