La lucha de clases y los 11 millones

Durante el boom inmobiliario y el crecimiento constante del PIB tuvimos la ilusión de creer que la lucha de clases, la desigualdad social y el desequilibrio habían desaparecido. La clase media equilibra la balanza de los extremos haciendo que la vida se homogeneice. El truco consiste en tener a la clase media ocupada con sus compras de fin de semana, de tal manera que gastar, consumir, interpelar con dinero al tedio que deja la jornada, se convierte en el único modo de vida aceptable, porque es el único que sostiene el crecimiento. Así fue durante gran parte de los últimos años del siglo XX y así siguió siendo durante el primer decenio del siglo XXI.

Nos hicieron creer que la lucha de clases no tenía cabida en el estado del bienestar, precisamente porque el estado del bienestar alcanzaba para darnos a todos la sensación de que éramos libres, iguales ante la tarjeta de crédito y la concesión de hipotecas.

Al Partido Popular nunca le ha gustado el concepto «lucha de clases», de hecho, el Partido Popular nunca ha creído en ese término; la sociedad, lo social, son —para los populares— construcciones mentales sobre las que se asientan pensamientos anacrónicos. Para el Partido Popular sólo existe el individuo y, a continuación, la entidad familiar. La sociedad —repito— para ellos, sencillamente no existe. Pero esta toma de posición frente a la realidad sólo puede responder a un principio: divide y vencerás. Esto es, separa la sociedad en cada uno de sus miembros para poder derrotarla, disgrega al grupo en cada uno de sus componentes para disolverlo. El capitalismo juega con este principio para articular todas sus posturas. No somos un grupo, somos unidades.

La crisis está desenterrando viejas ceremonias que creíamos superadas pero que nunca lo estuvieron. Nos hicieron creer que la lucha de clases había terminado, nos hicieron pensar que habíamos alcanzado el nirvana de la igualdad social, ahora resulta que actualmente tenemos en España 11 millones de personas en riesgo de exclusión social, rozando la indigencia.

11 millones de personas que viven al margen de la prima de riego pero que, parece, son producto directo de ella.

No sé si nos acercamos a una especie de precipicio, lo que parece estar claro es que nos acercamos a modelos tercermundistas donde la clase media desaparece y los extremos se acentúan. Cada vez hay menos tipos que trabajan para creer los fines de semana que son libres y pueden gastar su dinero (entre otras razones porque no hay dinero para gastar). La clase media es (ha sido siempre) una quimera, y su aparición la garantía de una paz social; si algo define objetivamente a una crisis es su capacidad para destruir el estatus de la mayoría y afianzar las jerarquías. Así, la lucha de clases (que nunca desapareció) parece que poco a poco volverá a posicionarse como la única respuesta ante un mundo organizado bajo la tutela del dinero.

No soy amigo de profecías, pero la única lectura posible ante la cifra de los 11 millones es esta.

Toda mi admiración y mi apoyo para los mineros que siguen encerrados en León.

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