Años luz

Así como vemos la luz de una estrella que ya no existe, la crisis que nos está llevando al naufragio es un fenómeno que sucedió hace mucho tiempo y del que vamos teniendo noticias intermitentes. Es muy probable que todo se haya hundido y no seamos aún capaces de verlo. El retardo con el que aceptamos nuestra ruina nos salvará del suicidio colectivo, hará que todo parezca mucho menos grave. ¡Ah!, pero ¿estamos en la ruina? —nos diremos circunspectos—.

También los políticos empiezan a darse cuenta de que el final no es para tanto. Lo ha dicho el ministro Beneyto: “La intervención de España no sería el apocalipsis”.

Los acontecimientos suceden en un pasado ignoto, pero vienen luego a poblar nuestro presente con fantasmas. La economía está sujeta a la misma mecánica que rige el cosmos y la memoria; todo es lejano y oscuro, todo está mal archivado y aflora caprichosamente.

Bankia también consumió hace años todo su combustible, estamos recibiendo ahora sus primeros síntomas de agotamiento. Todo es extraño en un mundo dominado por la enfermedad del tiempo; andamos dialogando con el pasado creyendo que construimos un futuro mientras se va borrando el presente. Las tres dimensiones del tiempo se nos mezclan, es el síntoma inequívoco del colapso: no ha empezado la cuenta atrás, llevamos restando números desde un tiempo indeterminado.

Tengo la convicción de que seremos intervenidos, y la tan temida injerencia no será —como apuntaba Beneyto— el apocalipsis, lo llamarán de algún modo convenientemente maquillado, sabedores del poder terapéutico del eufemismo. La política se ha convertido en el arte de la palabra, desbancando a la poesía. Al fin seremos gobernados por poetas.

Que todo haya sucedido hace muchísimo tiempo no nos hace, sin embargo, invulnerables a su efecto. Del mismo modo que la luz ilumina hoy mientras que su emisor desapareció, pagamos hoy el dinero que gastaron otros hace años. El dinero es la luz que ilumina la senda de la crisis, su incontrolable haz de fotones no llega a la sanidad ni a la educación, pero nos sigue fascinando con un brillo que deslumbra.

Todo es sideral, temporal y fantasmagórico. Las cifras así lo indican, para qué repetirlas. Recortes, inyecciones y préstamos. La maquinaria del capital no puede detenerse porque como explicó Borges que escribió Spinozatodas las cosas quieren persistir en su ser”. Todas las cosas van hacia su infinito.

Así es como nos llega toda la parafernalia de la crisis, desde un pasado que no logramos medir. Que las cosas sean un reflejo y no una realidad, una proyección y no una realidad, un simulacro y no una realidad; que las cosas, en definitiva, hayan sido y solo seamos capaces de acertar a verlas muchos años después, indica el grado de desapego, el grado de ignorancia, el grado de apatía y el grado de desconcierto con el que nos gobiernan. Vemos llegar los acontecimientos, lejanísimos, desde años luz, desde otra galaxia, y no entendemos nada, no logramos interpretar el suceso deslumbrados por su luz.

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