La especialización

La especialización está consiguiendo que no sepamos qué hacemos cuando hacemos aquello por lo que nos pagan. Apretar una tuerca, hasta el infinito, del engranaje majestuoso del reloj del sistema, nos hace menos relojeros y más ignorantes. Apretar una tuerca no es hacer relojes, por mucho empeño que pongamos en nuestra tarea. La especialización consiste en hacernos creer que somos absolutamente necesarios para apretar la tuerca: no lo somos, si no lo haces tú otro tendrá que girar el destornillador del tedio.

Convertirnos en piezas intercambiables ha sido la aspiración última de un sistema que nadie ha ideado pero del que todos somos siervos rigurosos. El sistema: esa palabra baúl.

Resulta que nos hemos preocupado mucho por firmar contratos donde el precio que íbamos a recibir por pasar ocho horas apretando tuercas era el único valor. El valor no es nuestro trabajo, el valor es lo que recibiremos por hacer nuestro trabajo. Nadie piensa en el precio que tiene que pagar por recibir un salario (su tiempo, su vida), se piensa sólo en el precio que se va a recibir: un sueldo.

En esta transacción de biografía por papeles que cada vez tienen menos valor (dinero) se cifra toda la mecánica del sistema. Yo te doy mi tiempo, tú me das el money. Mientras le doy mi tiempo al sistema, la ira queda contenida; en tanto recibo el money, puedo gastarlo en los centros comerciales que levantamos entre todos: el sistema es perfecto, circular, autoabastecible, no tiene fisuras ni responsables, funciona.

En la especialización está también el desconcierto y el misterio: no sabemos por qué hacemos aquello que hacemos (trabajar), sólo sabemos para qué. Generar un estado de estupor deviene en la ilusión de creer que lo cierto, lo real, lo que se puede palpar, no existe, es una percepción deformada. La especialización funciona como una droga de diseño. Nadie sabe cómo se fabrica un reloj pero muchos sabemos apretar las tuercas adecuadas; el reloj, por lo tanto, funciona, pero cuestionamos que nuestros ajustes de tuercas sean los responsables, desconfiamos de la realidad del reloj. Ergo, el reloj no existe. Ergo, aprieto tuercas para otro fin. Un fin que alguien me oculta y del que alguien debe ser el responsable.

La especialización nos hace despreciar el sentido: si no sé realmente qué hago cuando aprieto una tuerca o qué consecuencias tiene, mi acción carece de sentido. El hombre siempre hace todo para algo, la carencia de finalidad nos aboca a la paranoia o la esquizofrenia, nos deja huérfanos de sentido. Un mundo especializado es un mundo sin sentido en el que todas las especialidades compiten por asegurarse su estar en el mundo, su ser.

Toda especialización contiene su propio lenguaje; así, los que apretamos tuercas de relojes sólo sabemos hablar de los tornillos. La especialización fecunda todos los ámbitos, sobrepasando lo laboral, dando como resultado una vida especializada en la que toda generalidad, todo conocimiento de aquello que excede la especialización, no pasa de ser una rareza. Para ser normal hay que especializarse.

La especialización es la solución que muchos dan al problema del paro, es decir, especializarse para ser el único especialista en el último invento. Resulta comprensible cuando en España el número de parados supera los cinco millones, pero antes de empezar a andar conviene saber hacia dónde quiere uno dirigir sus pasos. Aunque resulte frívolo o inadecuado cuestionar el trabajo y su naturaleza, la comprensión de lo que sucede pasa por hacer una revisión honesta de lo que nos ha llevado hasta este punto sin aparente retorno.

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