Intermitencias (2)

Corea

Un tipo decide crearse un blog e ir publicando semanalmente opiniones en torno a la actualidad política y social de su país. El tipo es tímido, así que Internet encaja a la perfección en su miedo escénico. En Internet todo el mundo puede ver lo que escribe sin saber quién lo escribe; todos se ven sin conocerse; todos están sin estar, son un nombre de usuario y, a lo sumo, una contraseña.

Se impone una disciplina asequible: escribirá dos folios (cuerpo de letra 12 estilo “Calibri”, interlineado doble, justificado por ambos márgenes) una vez a la semana; el domingo es el día que elige para colgar sus post.

El día que publica su primera entrada siente que está haciendo algo importante, cuando presiona el botón “publicar” le asaltan múltiples inquietudes, pero la más urgente, la que toma más protagonismo, es una pregunta sencilla y elemental: ¿le gustará a alguien? Decide en ese mismo instante que escribe para que alguien le diga que le gusta lo que escribe. Al contrario de Narciso que se basta a sí mismo, el tipo escribe y necesita, luego, que alguien le dé la enhorabuena.

Debemos aclarar, antes de continuar, que este tipo ya escribía antes de abrirse el blog, de hecho, ve en el blog una forma pedestre de publicación, una especie de oficialidad gregaria y seglar.

Tiene un grupo de amigos que siempre se han esforzado mucho en decirle lo bien que escribe, pero eso no le basta, sabe que ninguno se atrevería a sentenciarle con una crítica negativa por miedo al daño que pudiera causarle a él, que es tan mirado, tan vulnerable, tan callado. Internet es, por lo tanto, la llave de la verdad. Sólo el juicio de un desconocido le ayudará a saber si escribe bien o mal, porque para eso se ha creado el blog, para saber si escribe bien o mal. La actualidad, la política, son meras excusas. Decide que escribe para impresionar a alguien (primero a sí mismo) y decide que publica en Internet para saber si lo escrito es bueno o malo.

Durante el primer mes escribe cuatro artículos, los cuatro erráticos, dubitativos, con excesivas digresiones. Sus amigos le escriben mails felicitándole. Ese mes su blog registra veinte visitas. Cinco amigos por cuatro artículos igual a veinte. Las cuentas cuadran. Los únicos que están al otro lado, los únicos que saben que él escribe un blog, son sus amigos.

Poco a poco se va soltando y cada vez tarda menos tiempo en escribir sus entradas, de hecho dedica más tiempo a comprender la herramienta, a saber cómo funciona y qué posibilidades le ofrece, que a escribir. Empieza a pensar por qué, a parte de sus cinco amigos, nadie más visita su blog. Busca en la red cómo conseguir que su blog sea más visitado; encuentra consejos, pero no aplica ninguno.

Descubre que puede saber la localización geográfica de las visitas que recibe su blog, y este hallazgo le impresiona. Ve un mapamundi con España pintada de rojo.

Repentinamente, una semana, las visitas empiezan a subir; de veinte pasan a veinticinco. Imagina que algún amigo recomendó a otro amigo el blog.

La cosa empieza a complicarse cuando, revisando una noche las estadísticas del blog, constata que dos visitas tuvieron lugar en Corea. Cuando ve, en el mapamundi el país asiático pintado de rojo, se maravilla. Corea se encuentra a miles de kilómetros de Madrid. En Corea debe haber alguien que sabe español, o algún coreano se ha encontrado por error el blog de nuestro héroe.

El caso podía quedar en anécdota, pero cada semana, puntualmente, recibe dos visitas de Corea. Corea del Sur.

Le entusiasma encontrar cada semana la visita de su lejano lector. Piensa qué clase de deriva puede llevar a un coreano a leer el blog de un español. Piensa que Internet es un mapa de derivas y de posibilidades, un mapa que se ramifica constantemente, incansablemente, hacia el infinito.

Las entradas de su blog han oscilado entre el análisis político y la crítica social, un análisis muy poco serio y una crítica muy adelgazada por la inexactitud, las intuiciones y el desacierto, pero todos sus escritos han estado presididos por la idea central de conquistar una escritura, el problema es que tampoco sabe con exactitud hacia dónde quiere ir, qué diana formal espera la llegada de sus dardos. Con la aparición de su lector (o lectores) coreano(s) decide olvidarse de la escritura y centrarse en Corea del Sur. Investiga en Internet y en hemerotecas; termina escribiendo un artículo sobre el conflicto no declarado que viven las dos coreas. La semana que publica el post tiene la sensación de escribir por primera vez por y para algo tangible. La escritura se convierte en un placer concreto, hasta ese momento no pasaba de ser un goce indeterminado.

Conviene aclarar que nuestro héroe tiene una vida convencional; trabaja, vive solo y respeta los semáforos. El blog es la única rareza que se permite en su aburrida biografía, un aburrimiento delicado y agradable, una especie de dulce sopor que antecede a la grandeza del sueño.

A los dos días de publicar el post recibe un comentario. La comentarista dice: “vivo en Seúl, soy española, desde aquí todo es distante, incluso los coreanos”. No sabe si contestar, piensa que hacerlo establecería otras reglas del juego; unas reglas con las que no contaba, un juego distinto.

Pasados unos días se decide, escribe: “Seúl está muy lejos; a mi me sucede lo mismo que a ti: los españoles me resultan esquivos, fantasmagóricos”.

A los pocos días recibe otro comentario de otro lector. Le gusta saber que lo que escribe poliniza la escritura de sus lectores.

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