Una familia real

Quizá detrás de la escenificación de la monarquía se encuentra una familia real, es decir, una familia de carne y hueso que se deja fascinar por las huestes de lo moderno: cacerías en África, mansiones, coches de gama alta, trajes caros, un ejército de asistentas y mayordomos, algunas obligaciones chic como inaugurar hospitales, aeropuertos, autopistas. Quizá detrás de la familia Real hay una familia real que se odia y se quiere como se odian y se quieren todas las familias. No podemos soslayar el principio de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera».

Ser Rey no significa estar por encima de la tentación de lo real, es más, imaginamos que un monarca bastante tiene con pasar su existencia tratando de no rendirse a las tentaciones que le ofrece su poder. No, un Rey es una persona de carne y hueso a la que le tocó la lotería de nacer en el sitio adecuado, o en el sitio equivocado.

Cuando a Borges le dieron el Cervantes jugueteó con la idea de equipararse al monarca de España, no sé si en su discurso trataba de coronarse Rey con ese humor borgiano que estamos esperando que algún filólogo nos explique: «me conmueve mucho el hecho de recibir este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal». Si alguien es Rey por derecho propio, ese sólo puede ser Borges.

El apelativo Real y el calificativo real no pueden estar más enfrentados. Nuestro santo idioma nos escupe a veces exquisitas paradojas como esta. Lo Real nada tiene que ver con lo real. Así, ver a un Rey como alguien vulnerable (alguien real) nos produce una extrañeza; a nuestros ojos un Rey debe ser, ante todo, Rey. Ver a un monarca pedir perdón no nos enternece, nos desplaza, nos coloca en una posición incómoda: nosotros somos súbditos, no somos los amigos vasallos del Rey, somos los vasallos a secas, aunque nos encontremos deshilando el siglo XXI poco a poco y con una infinita paciencia. A nosotros ni siquiera nos es dado poder juzgar el comportamiento del monarca, recordemos que injuriar a la corona puede conllevar penas de cárcel (de 4 a 24 meses). Que el Rey lo sienta, que se sienta arrepentido, no significa absolutamente nada, que pida perdón tampoco. Un rey no pide nunca perdón.

Entendemos por lo tanto que nuestro máximo dirigente prefiere la normalidad, prefiero lo real a lo Real; ha descubierto que matar elefantes en África es mucho más humano que despachar con el Presidente, o desayunar en la Zarzuela, donde todo es una puesta en escena; ha descubierto que este lado de la valla es mucho más divertido, aquí, si no eres Rey, los amigos pueden invitarte a cacerías y no tienes luego que pedir perdón.

En un mundo donde sólo importan las apariencias los hechos carecen de significado, sólo importa que la puesta en escena sea convincente, enternecedora, que vaya directa al corazón; el corazón conoce muy bien las reglas de la pleitesía.

De YPF hablaremos dentro de unos años, cuando Cristina Kirchner venda a los Eskenazi la parte que acaba de expropiar a Repsol, y complete así la privatización que ella misma apoyó allá por los años noventa. Estaremos pendientes, con la memoria armada.

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