Intermitencias (1)

La quiniela

Un tipo se juega veinticuatro euros en una quiniela. Cree en la suerte y cree, además, que la suerte es igual para todos.

Durante los días anteriores a la jornada de liga olvida la quiniela, no piensa en la posibilidad de hacerse millonario. Cuando llega el sábado empieza a seguir los resultados. Hay tres partidos que se juegan a media tarde y tres que se juegan por la noche. Acierta los tres primeros y piensa qué haría con diez millones de euros (ese es el bote de la jornada). Pasa lo que queda de tarde, a penas dos horas, pensando cómo gastaría el dinero.

Empieza la segunda tanda de partidos. Se sienta frente al televisor excitado, piensa que lo primero que haría es cancelar la hipoteca por la que paga todos los meses mil euros; ha llegado a esta conclusión después de comprarse virtualmente varios coches de gama alta, varios chalets en la playa, hacerse varios viajes a los confines del mundo e invitar varias veces, a todos sus amigos, en el restaurante más caro de la ciudad.

También acierta los tres partidos de la noche: seis de seis. Sólo quedan nueve. Lo primero que va a hacer va a ser cancelar la hipoteca, ya está decidido. Le quedan 170.000 euros de hipoteca, veinte años, doscientos cuarenta meses. Lo siguiente que piensa el tipo, una vez cancelada la hipoteca, es dejar de trabajar. Pensando en la vida que llevaría sin tener que trabajar no puede conciliar el sueño. Diez millones de euros es una cifra indecente, se dice. Con diez millones de euros podría llevar la misma vida que llevo ahora durante diez vidas, se dice. Podría cancelar diez veces mi hipoteca y aún tendría ocho millones de euros para gastar en ocho vidas, a millón por vida, se dice. Piensa en la cantidad de dinero  que, trabajando, pasaría por sus manos en el transcurso de su vida: algo más de un millón de euros.

Al final se queda dormido de madrugada, pensando que sin haberlo calculado nunca, por su cuenta corriente pasa una cantidad de dinero insospechada.

Despierta el domingo avanzada la mañana. Lo primero que hace es comprobar en Internet que efectivamente lleva acertados todos los pronósticos hasta el momento. Vuelve a preguntarse qué haría si tuviera el piso pagado y no tuviese que trabajar. Empieza poco a poco a inundarle algo parecido a la angustia. ¿Y su hermano? ¿Acaso no tiene hipoteca su hermano? Cancelaría la hipoteca de su hermano. Llega a la siguiente conclusión: tener mucho dinero significa contraer una pesada responsabilidad. Empieza a verse a sí mismo como un padre ontológico, el padre del mundo. Piensa que no bastaría con pagarle la hipoteca a su hermano, tendría que ayudar a todas y cada una de las personas cercanas a él.

A duras penas consigue comer; la mañana ha pasado demasiado rápido. Quedan nueve partidos, cuatro se juegan a media tarde y el resto por la noche. Cuando termina de comer se ancla al sofá y pone la televisión. Acierta los dos primeros partidos: ocho de ocho. Piensa por primera vez que el juego de la quiniela es muy sencillo, debería haber jugado antes (esta es su primera vez). Los otros dos partidos también los acierta: diez de diez. Le inunda una oleada de nerviosismo.

Bien, se dice, diez millones de euros es mucho dinero; no sé si estoy soñando o estoy siendo víctima de un experimento psicosocial, se dice. El caso es que tengo que aprender a administrar diez malditos millones de euros, se dice. Puedo salvar de la miseria a mucha gente, por ejemplo, aquel tipo negro que vende la farola en la puerta del súper, aquella gitana que vende rosas junto al kiosco; puedo donarlo todo a Cáritas, puedo apadrinar a millones de niños, puedo rescatar del desahucio a varios cientos de familias; pero estoy pensando en cancelar mi jodida hipoteca. Se dice esto en un discurso extraño, demagogo, infantil, indeterminado pero acaso cierto desde los diez millones de euros que aún no ha ganado.

Con una mezcla de nerviosismo y responsabilidad, empieza a seguir, a la vez, los cinco últimos partidos de la jornada. Con el mando a distancia va alternando la cadena que ofrece un partido en directo, con otra que ofrece el resultado simultáneo del resto de encuentros. Se vuelve a preguntar por qué no ha jugado antes a la quiniela. Oscila entre la euforia y el escepticismo. Los marcadores van desfilando por su retina como un relato fabuloso: el relato de su aventura a través de la suerte.

Acierta los cinco partidos. Quince de quince. En el argot quinielista esta singularidad recibe el nombre de pleno al quince. Cree que puede desmayarse en cualquier momento. Pero aguanta.

Incomprensiblemente aparece en escena una sensación insospechada, algo con lo que no contaba: la culpa.

Siente una culpabilidad aséptica y que explica de golpe toda la mecánica del juego. Se siente sinceramente culpable. Ahora tendrá que responder ante toda la parafernalia de sus elucubraciones, ¿qué va a hacer con el dinero?

Piensa llamar a su hermano y contarle todo, contarle que ya no tendrá que trabajar más, que montarán algún negocio juntos, que rescatarán de la pobreza a un montón de gente; pero se siente paralizado, no puede aún levantarse del sofá.

Piensa que no está preparado para asumir un cambio tan radical en su vida. Piensa muchas cosas en un vértigo hacia dentro, en una espiral que termina en una sola palabra: culpable. Se siente angustiosamente culpable por tener tanto dinero.

Esa noche no duerme, la pasa del sofá a la cocina y de la cocina al sofá, tratando de recordar los felices años de la infancia.

A las nueve de la mañana llama al trabajo y comunica a su jefe que se siente indispuesto, la voz del tipo demuestra que algo no anda del todo bien; su jefe le cree, le desea una pronta recuperación. Luego trata de desayunar y se mide intentando saber cómo ha de comportarse un millonario. A las diez se conecta a Internet para comprobar sus apuestas. Todo correcto, ha acertado los quince resultados. Luego mira los acertantes; diez mil tipos como él acertaron los quince, el premio que recibirá, al igual que los otros diez mil tipos, asciende a mil euros, lo que significa que la liga de fútbol profesional asumirá los gastos de su hipoteca este mes. El nerviosismo, la responsabilidad, la culpa, explotan en una gigantesca carcajada.

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