El malestar en la cultura, Sigmund Freud

Empezamos a sospechar que la medida de un autor no nos la da su obra, nos la da lo que su obra genera. El malestar en la cultura, de Freud, es un libro de unas cien páginas. Su contenido dice mucho más que su fisicidad. Lo posmoderno consiste en lograr escribir cuatrocientas páginas en torno a un libro de cien (páginas); es decir, importa mucho más las direcciones que proyecta la obra que la propia obra. Ya no nos interesa el Quijote, nos interesa que algún filólogo alumbre una teoría rompedora sobre la homosexualidad del hidalgo loco. Leeremos antes al Quijote travestido que al Quijote original. El signo de la posmodernidad consiste en estar de vuelta de todo. ¿Has dicho el Quijote? No hombre no, se trata del Quijote homosexual. Luego descubrimos que bajo la panoplia de lo posmoderno sólo hay una certeza: la ignorancia: no hemos leído el Quijote, hemos leído su interpretación.

El mando a distancia de la cultura sirve para pasar de canal a canal sin enterarse uno de nada. Hoy, gracias a la Wikipedia, podemos decir: El tema principal de “el malestar en la cultura” es el irremediable antagonismo existente entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura. Así nos ahorramos el tiempo que se tarda en leer cien páginas y podemos perfumarnos de enteraos; ojo, que yo leo a Freud (en la Wikipedia).

Leer la interpretación de algo comporta dos saltos cualitativos. Uno: me ahorro la lectura del original. Dos: me ahorro la interpretación que yo pueda hacer de la obra (que el mando a distancia de la intelectualidad interprete por mí).

Freud nos dice que todos somos culpables.

La cuestión es la siguiente: si no leo la obra ni la interpreto, ¿cuál es mi rol en este juego? Ninguno, el juego consiste en conseguir que: uno, no leas la obra; y dos: no te interrogues en soledad qué ha querido decirte (la obra a ti, lector).

Freud nos dice que la vida es una búsqueda de la felicidad.

El juego consiste en que  pases más horas delante de la pantalla que delante de un libro.

Freud nos dice que somos unos hijos de la grandísima puta, unos perros de presa; agresividad, instintos, supervivencia, «amarás al prójimo como a ti mismo». El problema es que no nos amamos a nosotros mismos. La ley es una trampa; eso dice Freud.

Pongamos las cartas sobre la mesa: lo que deseamos es que todo sea mucho más fácil, que no nos tengamos que mover, que todo se orqueste bajo la presión minimalista de un botón: le doy aquí y, voila, se enciende la luz. No amigos, para que yo haya llegado a apretar el botón de la luz han tenido que electrocutarse antes unos cuantos millones de electricistas. En Internet todo está expuesto pero no está explicado.

Freud nos dice que lo que queremos es follar: cuanto más, mejor.

La era posmoderna se acaba. Vamos a tener que volver al principio, vamos a tener que leer originales, vamos a tener que pensar por nosotros mismos. Dicen que Freud está pasado de moda, yo creo que el malestar en la cultura explica a la perfección no sólo este momento, sino la naturaleza que nos va llevando de la mano desde que salimos de las cavernas.

Ahora tienes dos opciones: leer los resúmenes de la Wikipedia o adentrarte en la obra de un genio, un tipo que se paró a pensar qué sucede cuando apretamos el botoncito y, algo mucho más elemental, por qué apretamos ese y no otro.

El malestar en la cultura.

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