Inmigrantes

Vivo en un edificio de tres plantas. Cada planta está dividida en cuatro viviendas. De las doce viviendas, dos están ocupadas por inmigrantes. De las dos familias inmigrantes una es marroquí, la otra búlgara.

La familia marroquí está compuesta por un hombre, una mujer, un  niño de dos años y una niña de cinco; muchas noches, mientras escribo este blog en la terraza, veo llegar a la mujer con los dos niños, normalmente lleva al niño en brazos y a la niña de la mano. Los niños protestan, es tarde, tienen sueño, la madre anda con paso firme, la niña va a trompicones.

La familia búlgara es terriblemente escandalosa, está compuesta por dos hombres, dos mujeres y una niña de trece años que aparenta veinte. Suelen celebrar fiestas poniendo una música desconcertante a un volumen desconcertante, pero invariablemente, a las diez de la noche, apagan la música y no se oye nada.

El hombre marroquí tiene la piel tersa y ligeramente oscurecida; es alto, sonríe cuando nos cruzamos en la escalera, trata con dulzura a sus hijos (al menos delante de mí). Nunca hemos hablado.

Uno de los hombres búlgaros tiene la misma edad que yo, se llama Sacha, no sé cómo se escribe, a mí me gusta escribirlo así. Hemos hablado varias veces. A primera vista parece un tipo desafiante, nunca sonríe, te mira como si estuviera defendiéndose de tu mirada. Ha trabajado siempre de cocinero. Vivió unos años en Alemania. Le gustan los coches caros.

La mujer de la familia marroquí siempre lleva el pelo tapado con un pañuelo, creo que la prenda en cuestión recibe el nombre de Shayla. Es dura y dulce al tiempo, habla un perfecto español, conduce un Citroën Xsara Picasso. Creo que no trabaja.

El patriarca de la familia búlgara (el otro hombre) se mueve en bicicleta; tiene una barriga prodigiosa que no se corresponde con el resto de su cuerpo, gasta bigote y tiene una voz cavernosa, profunda, de barítono. Le he visto en numerosas ocasiones hurgar en las basuras del pueblo. Debe ser algo así como chatarrero. Algunas veces vienen otros búlgaros en una furgoneta cochambrosa a traerle toda clase de aparatos desahuciados. He visto lavadoras, cables, televisores.

La familia marroquí es extremadamente silenciosa, se mueven sin hacer ruido, incluso los niños.

La familia búlgara tiene un perro al que nunca o casi nunca sacan a la calle; el perro vive, come, duerme y defeca, en la terraza; desde la ventana de mi cocina puedo ver los excrementos del perro, algunos caen a la calle.

La familia marroquí habla un dialecto gutural; la familia búlgara un dialecto nasal.

Cuando pienso en ellos me imagino la distancia que recorrieron hasta llegar aquí; les imagino viajando en autobús, recreo en mi cabeza su periplo, la sucesión del paisaje, los rostros que les observaron al otro lado de la ventanilla, los rostros que vieron ellos. La vida consiste en observar a quien a su vez nos mira; que estemos a un lado u otro del cristal es sólo cuestión de suerte.

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2 comentarios en “Inmigrantes

  1. En mi barrio de Barcelona, que se llama Provençals del Poblenou (y no 22@ como han publicado algunos medios), se ha producido esta semana el trágico incendio de una chabola que cobró la vida de cuatro personas, de nacionalidad rumana. Estoy triste.

    ¿En qué ciudad vives?

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