Amnistía fiscal

Tendemos a pensar que quien toma decisiones importantes es una persona cualificada, un experto, alguien que sabe realmente lo que hace. Este principio de confianza rige en cualquier ámbito, en la cosa política también. A nadie se le pasa por la cabeza que un ministro, un rey, o un presidente del gobierno, no sepa qué tiene que hacer. Podemos pensar que se equivoca, que toma decisiones contrarias a las que tomaríamos nosotros o que sencillamente peca de narcisistas. Pero nadie piensa que el capitán del barco no sabe interpretar las cartas de navegación; a nadie se le ocurre que el barco vaya a la deriva.

Cuando yo empecé a trabajar no tenía ni idea de qué tenía que hacer. Siéntate aquí, me dijeron, aquí tienes un manual de quinientas páginas, en inglés. No sabía nada de informática y menos aún de la lengua de Shakespeare y de Henry Miller.

Yo creo que a un político le sucede lo mismo: siéntate, le dicen, crisis, inflación, veintidós por ciento de paro, y le dan quinientas páginas en perfecto alemán, la lengua de Heinrich Boll y Hermann Hesse. Te han votado diez millones de ciudadanos, le dicen.

Diez años después he aprendido a manejarme en mi trabajo; sin aspirar a ser brillante, creo que soy, al menos, un tipo competente, doy el pego. Pero si tuviera una empresa no me contrataría: escribo este blog y odio la informática desde un punto de vista técnico.

Me atrevería a decir que a un político le sucede lo mismo; después de ocho años en la oposición y otros tantos de ministro, desde un punto de vista técnico la política no le interesa, preferiría hablar de política con los colegas en el bar, sabiendo además que habla con conocimiento de causa.

La amnistía fiscal les pareció hace un año a los populares una medida improvisada, poco seria. Ahora entienden que así podrán arañar para las arcas del estado algunos millones más. No estoy de acuerdo con los sectores de la izquierda que acusan a la derecha de engañar al electorado. Yo creo que toman esa medida porque nadie, en el aparato del Estado, tiene el conocimiento que demanda la coyuntura actual. Nadie entiende qué está pasando.  ¿Y si hacemos eso de la amnistía fiscal? ¿El qué? Si hombre, lo que propuso fulanito cuando nos reímos de él.

La amnistía fiscal propuesta por el partido popular en los últimos presupuestos del estado tiene una lectura moral: cuando se trata de dinero la línea del bien y el mal se difumina. Si haces trampas con el dinero no importa, alguien te perdonará. Lo hizo Felipe González, para el que toda doctrina socialista no es más que una vitrina a la que sacar brillo para que las visitas vean que uno es muy del pueblo.

La amnistía fiscal tiene además una lectura política incontestable: los que han estafado al Estado han ganado la partida, Hacienda les perdona, el Gobierno se pliega a sus desmanes. Desde un punto de vista legal podríamos equiparar al evasor de impuestos con una joven abortista que interrumpiera su embarazo fuera de la ley de plazos: en ambos casos se trata de incumplir la ley, en ambos casos se trata de anteponer el bien personal sobre el bien común. Ya nos ha explicado Gallardón que no debemos abortar: el Estado amortiguará la violencia estructural para que la criatura esté pronto produciendo bienes, subvencionando jubilaciones, estafando a la cosa pública para que le perdonemos muchos años después.

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