Capitalismo

Parece que el capitalismo estuviera diseñado para perdurar más allá de lo que dure la vida en este planeta. También parece que el orden establecido por el dinero se ha producido de un modo desconcertante e independiente, como si nadie fuera el responsable, como si el Frankenstein monetario, una vez puesto a andar, fuese ingobernable. Cuando todos estemos muertos las monedas seguirán tintineando, los billetes seguirán gastando la tinta indeleble de sus dorsos, todo seguirá valiendo algo.

Es evidente que hemos errado nuestro camino esencial, lo que está en juego ahora, lo que siempre ha estado en juego desde hace —pongamos— quinientos años, es qué alternativa elegiremos ante el monstruo: pelear o correr.

En numerosas pesadillas de la ciencia ficción, la máquina, el invento, el robot, termina por subyugar al hombre: el hijo mata al padre. Sin darnos cuenta, hemos completado la profecía creada por nosotros mismos: hoy todo está supeditado a la acción económica, todo se traduce en dinero. El dinero nos ha ganado, admitámoslo ya; quizá veamos en ese principio de culpabilidad la senda que debemos seguir para escapar del laberinto.

Imagino que a todos nos impulsa, desde que nacemos, algo así como aspirar a cierto progreso tangible, que se pueda medir. Sólo acumulando, sólo teniendo algo en propiedad podemos cuantificar el cambio, el crecimiento; esto significa que buscamos en las cosas nuestra propia alma, proyectamos sobre las cosas lo que dentro de nosotros bulle. Nos identificamos con la cosa y el mundo es una proyección alucinatoria del yo. Nos gustaría que el mundo fuera nuestro. O ser nosotros el mundo.

Saber que un día moriremos debería servir para replantear el significado de todo lo que se emprende. Planteamos toda acción como una prórroga, o como una extensión virtual hacia donde nunca llegaremos. Nos obsesionamos con dejar algo que trascienda, en lugar de trascender el ahora para dignificarlo.

El dinero es una promesa, pero empezamos a cansarnos de la espera; hemos comprado un coche nuevo, una casa nueva, una visa oro, nos hemos vestido con la ropa de temporada, y la felicidad no llega, nos sigue atesorando la misma ansiedad.

El programa liberal y socialdemócrata nos ofrece una idéntica meta, un mantra que se repite al final del discurso: crecimiento económico. Las estrategias de uno y otro parecen a priori distintas, pero veintiún años de socialismo y otros tantos de gobierno de los populares, nos dejan un balance muy parecido; nos encontramos en la misma encrucijada. ¿No tendremos que replantear la meta?

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Un comentario en “Capitalismo

  1. El capitalismo, con su fetiche, la mercancía, y su mitología del crecimiento económico, es la gran mentira de nuestros días. Hemos cogido la religión y la hemos bajado a la tierra. Nos reimos de tribus que veneran a viejos tótems, pero nuestro Dios no es más real que el suyo. Es el momento de abandonar también esta fe.

    Hemos aprendido que uno más uno es igual a dos, sí, pero es el momento de dejar de sumar.

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