El vértigo de la historia

Todos los recuerdos que tengo parecen venir no de hace treinta y seis años, sino de otra época; además, a este equívoco se le suma una sensación perturbadora: el tiempo ha transcurrido demasiado rápido. Nos cuesta comprender el transcurso del tiempo y al final lo representamos como una colección de instantáneas. Al comparar las instantáneas de nuestra memoria con las instantáneas actuales, decidimos que ese cambio es fruto de la acción del tiempo. Bajo este razonamiento encontramos el siguiente axioma: el paso del tiempo no es más que la modificación del paisaje. Estimamos que el tiempo pasa sólo cuando la realidad se modifica, si no hay modificación no hay temporalidad. Imagino que en nuestro cerebro esta trampa está perfectamente localizada y escondida. Algún día descifraremos el laberinto y mataremos al minotauro, descubriremos entonces, perplejos, que el minotauro tiene nuestro rostro.

Siempre que me enfrento al tabú de mi propia muerte, lo hago preguntándome qué había de mí en el mundo antes de ser esto que soy ahora; en lugar de preguntar qué habrá después, tiendo a buscar mi rastro en el pasado, tiendo a pensar que antes de mí se abre un abismo que se cierra momentáneamente en este instante para luego volver a desplomarse en el infinito de la nada; soy una tregua. Soy la tregua del tiempo entre dos eternidades.

Que nadie se deprima, la tregua es divertida, en la tregua podemos pelear o correr, la tregua suena una sola vez como suena una sola vez el ring del último round.

Mirando así —con esta perspectiva— dos mil años de historia, podemos afirmar que entre nosotros y la sociedad de Herodes solo hay un tenue parpadeo. Para nosotros el tiempo ha pasado mucho más rápido que para Judas Iscariote. La historia va acelerándose exponencialmente y nunca conocerá su fin (lo siento por Fukuyama) pero irá poco a poco perdiendo su propia memoria, acabaremos abrumados por la cantidad elefantiásica de instantáneas (información) y nuestro cerebro no sabrá procesarlas.

Hoy, volviendo del trabajo, he oído en la radio la sintonía de un programa que veía en la televisión de los ochenta. El sonido me ha transportado a aquellos años perdidos y he pasado toda la tarde recreando en mi imaginario la España de aquella época. Todo ha cambiado enormemente, tengo la sensación de que todo ha ido creciendo conmigo. He sentido un vértigo parecido al que puede sentirse cuando se observa con extrañeza y aburrimiento las piezas de un museo. Siempre me he preguntado qué tengo que ver con el hombre de Neandertal o con la antigua Roma. Todo conocimiento del pasado está lastrado por la incomprensión de lo que nos llevó de un status a otro. El pasado es una colección de postales; la historia es el relato más o menos científico que trata de llenar el vacío que hay entre postal y postal. No entiendo qué relación hay entre el niño que veía aquella televisión en los ochenta y este adulto que pierde el tiempo yendo cada día a la oficina: ambas imágenes son irreconciliables.

El vértigo de la historia consiste en comprender que no solo existe una brecha temporal entre un acontecimiento y otro, no basta sólo con constatar que hoy tenemos teles de plasma o Internet, conviene además trazar un relato que explique qué modificación ha operado, por qué antes no teníamos arrugas al sonreír. Quizá, el relato de lo que no se ve, nos ayude a comprender lo que vendrá, o sirva al menos de lenitivo para que el paso del tiempo no sea una herida que nunca deja de supurar.

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