Crédito a muerte, Anselm Jappe

Una crisis es una oportunidad para comprender cómo funciona todo. Gracias a la crisis nos estamos volviendo unos humildes expertos en economía; de la misma manera que solo nos preocupamos por nuestro estómago cuando nos duele, a nadie le interesa saber qué es el déficit presupuestario hasta que la prensa lo nombra con insistencia. La prensa es el dolor puntual que viene a sacarnos del ensimismamiento.

Cuando se nos corta el agua empezamos a preguntarnos cómo diablos funciona el invento, cómo se han de poner las tuberías, quién tiene que venir a arreglar la instalación, etcétera. Somos esencialmente vagos, ignorantes y buenos; confiamos en que alguien solucionará el problema. Si llamo a un fontanero y dos, tres días después de su intervención, el grifo deja de funcionar de nuevo y el tipo que vino a casa ya no coge el teléfono, llamo a otro. Lo primero que dice este segundo fontanero es: ¿quién le ha hecho esto? Creo que la respuesta más honesta a esta pregunta debería ser: y a usted, ¿qué le importa? Quiero tener agua, no quiero, de momento, saber por qué o por quién, no tengo agua.

Sin embargo, una crisis económica no responde a este principio de ansiedad. Una crisis económica es una pausa, una suspensión de las expectativas, un estado de perplejidad. Nos repiten que una crisis es también el momento de las oportunidades, pero yo solo veo en este planteamiento un nuevo impulso para reflotar el sistema.

Empezamos a sospechar que poner un euro o dejar de ponerlo, para pagar una receta médica, no es la solución. Empezamos a sospechar que no hay que poner la atención en el debate predominante. El problema no es la financiación, el problema es el dinero; el problema no es la reforma laboral o el paro, el problema es la naturaleza del trabajo; el problema no está en las bolsas, el problema está en las relaciones precio-valor, en lo que Marx llamó el fetichismo de la mercancía. El problema, en fin, está oculto bajo toda la montaña de información, tan enterrado que sacarlo a la luz es inútil y descubriríamos algo insultantemente obvio.

Ando estos días leyendo un libro fascinante y apocalíptico: Crédito a muerte, del filósofo alemán Anselm Jappe, editado por pepitas de calabaza. La lectura me está confundiendo y ubicando (si el oxímoron es tolerable, como dijo Borges) en la misma medida. Hay algo perturbador en el hecho de leer un libro que te está diciendo que el dinero que utilizaste para comprarlo es un dinero maldito; como leer un crimen del que tú eres el culpable. Os dejo unas cuantas perlas del libro:

«Desgraciadamente, la agravación general de las condiciones de vida en el capitalismo no hace a los sujetos más aptos para derribarlo, sino cada vez menos, porque la totalización de la forma-mercancía engendra cada vez más sujetos totalmente idénticos al sistema que los contiene. E incluso cuando éstos revelan una insatisfacción que va más allá del hecho de declararse desfavorecidos, son incapaces de encontrar en ellos mismos los recursos necesarios para una vida diferente o, sencillamente, para tener ideas diferentes, pues no han conocido jamás nada distinto. En lugar de preguntarnos, como hacen los ecologistas, ¿qué mundo dejaremos a nuestros hijos?, deberíamos preguntarnos, como bien dijo Jaime Semprún: ¿a qué hijos dejaremos este mundo?»

«[…] En una sociedad en la que los individuos viven exclusivamente para lograr venderse y ser aceptados por el dios mercado, y en la que todo contenido vital posible es sacrificado a las leyes de la economía, se desencadena una verdadera «pulsión de muerte», que pone al desnudo la nada que yace en el fondo de un sistema cuyo único fin confeso es la acumulación de capital.»

«[…] resulta de lo más inútil discutir con gente que todavía quiere votar.»

«Las únicas propuestas «realistas» —en el sentido de que podrían desviar de forma efectiva el curso de las cosas— son del tipo: abolición inmediata, a partir de mañana, de toda la televisión.»

«Es mucho menos probable que veamos surgir una revuelta popular contra un «proyecto de desarrollo» que provocase la tala de un bosque que contra un bróker que acaso haya robado un euro a cada ciudadano. ¿Y si la envidia la crea este odio? ¿Si fuese simplemente el deseo de ser como ellos?»

«El asunto está claro: la crisis es la ocasión para una mejora del capitalismo, no para una ruptura con él.»

«[…] el capitalismo gira en torno a la producción de valor y no de productos en cuanto valores de uso […]»

«Todo el mundo piensa que tiene demasiado poco dinero.»

«[…]Por eso resulta tan difícil reaccionar ante esta crisis u organizarse para hacerle frente: porque no se trata de ellos contra nosotros. Habría que combatir contra el «sujeto automático» del capital, que habita igualmente en cada uno de nosotros, y, en consecuencia, contra una parte de nuestras costumbres […]»

«No será el armamento el que sufra reducciones, sino los gastos sanitarios.»

«[…]Este populismo acabará fácilmente en la caza de los «enemigos del pueblo», por abajo (inmigrantes) y por arriba (especuladores), evitando toda crítica dirigida contra las auténticas bases del capitalismo, que, bien al contrario, aparecen como la civilización que se ha de salvaguardar: el trabajo, el dinero, la mercancía, el capital, el Estado […]»

«[…] la reducción de la creación de valor en el mundo entero implica el hecho de que, por primera vez, existen —y en todos lados— poblaciones en exceso, superfluas, que ni siquiera sirven para ser explotadas. Desde el punto de vista de la valorización del valor, es la humanidad la que empieza a ser un lujo superfluo, un gasto que eliminar, un excedente […]»

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