Violencia estructural

Se me ocurre una medida para mitigar la violencia estructural que el ministro de justicia ha denunciado: la prohibición de echar a una mujer embarazada aunque se encuentre en el período de prueba (eliminación del período de prueba para el género femenino). Es una medida sencilla, breve, sexy, rompedora. Una medida que protegería el estado del bien estar: cincuenta metros cuadrados, mil euros, hipoteca, compra en Mercadona, tele de plasma, fines de semana en multicines cineplex, Citroen Xsara. El estado del bien estar es un inventario de vulgaridades. Nadie quiere el estado del bienestar cuando es el bienestar del Estado lo que estamos obligados a producir (aplausos).

Yo no he venido aquí a hablar del aborto; he venido a hablar de mi puto libro, se titula «Violencia estructural» y tengo que agradecer a Alberto Ruiz Gallardón su elocuencia, porque violencia estructural es un apelativo que casa a la perfección con esta verdad histórica: nadie nos obliga a ello, pero estamos empujados a servirle a los engranajes de eso que se llama sistema. El sistema ha ganado hace mucho tiempo y no nos damos cuenta o no queremos enterarnos.

La violencia estructural consiste en no poder confrontar otra opción a la unánime opción que nos rodea. La violencia estructural apunta en la siguiente dirección: esto es lo que hay, si quieres algo distinto prepárate para pelear o correr, prepárate para estar solo, prepárate para morirte de hambre. La violencia estructural es solo una mercancía: el dinero. Si, amigas y amigos, hace mucho tiempo que el dinero se ha convertido en una mercancía, la violencia estructural consiste en creer que uno come dinero y no gracias al dinero, la violencia estructural consiste en dejar pasar una injusticia cotidiana como si fuera algo natural: que te echen del curro porque te quedaste embarazada durante el período de prueba; que le resulte más caro a un empresario contratar a una mujer: que a un tío le miren raro por cogerse una reducción de jornada por paternidad: eso lo hacen las tías, no seas maricón: violencia estructural.

Vivimos en un mundo estructurado en torno a la violencia, siempre gana el más fuerte, siempre gana el que rema en la dirección de la mayoría; esta constante competición empieza a cansarnos: ni siquiera sabemos ya si queremos llegar a la meta. La crisis nos está enseñando algo: no es el sistema lo que se agota, somos nosotros los que empezamos a dar signos de agotamiento. OK, no importa, el Titanic se hunde; hagamos percusión con la cubertería de plata para acompañar a la orquesta. El público sucumbe a la violencia estructural mientras todo naufraga.

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