La máquina del tiempo

Parece que Internet es la herramienta de lo inmediato, de lo que está sucediendo. Twitter y Facebook solo sirven para que todos sepan qué haces, lo que hiciste ayer o antes de ayer es un asunto arqueológico, una ruina. Solo cuenta la actualidad.

Esta Enfermedad del presente, esta necrosis perpetua de lo que ocurre, nos tiene muy atareados contando cuántos amigos le han dado al botoncito de seguir o a la invitación de la fiesta virtual donde todos seremos por fin eternos.

Pero la vida es un recorrido y no una instantánea, el presente también tiene trampa y estamos empezando a ver el truco de magia que se esconde bajo tanto nick apocalíptico y tanto desenfreno del ratón. El truco es el siguiente, atención: el presente no es postergable, el pasado sí; el presente nunca podremos dejarlo para mañana pero mañana quizá nos enfrentemos con mayor entereza a nuestro pasado. Esto significa que hay que darle mucho al click para no pensar, para que lo de ayer quede pronto enterrado bajo los twitts de hoy. Un momento.

Un momento.

Escupirle al mundo cada acto cotidiano como si fuera un fenómeno asombroso solo tiene dos posibles lecturas; una cortazariana (lo mágico cotidiano) y otra vulgar (el aburrimiento). El presente es tan aburrido que tratamos de sublimarlo mediante la comunicación: me pongo un café, me ato los zapatos, me echan del curro, quedo con fulanito, veo un vídeo en youtube, me voy de viaje. Seamos sinceros: no todo el mundo se pasa el tiempo retwiteando la última entrada del blog de Ignacio Escolar. Necesitamos Twitter y Facebook para construir la ilusión de que hay alguien al otro lado. Escuchando.

En el presente todos estamos muertos y solo en un futuro, fuera del tiempo, ignoraremos si alguien nos recuerda. Yo tampoco entiendo esta última frase, pero no entender algo no tiene porqué significar desconocer su mensaje. Tampoco entendemos a la Gioconda pero aceptamos su sonrisa críptica, aceptamos que nos hable desde la terquedad de su pasado. El pasado tiene mucho más empuje que el presente.

Vivir el día a día, estar incardinado en el tiempo presente, acarrea una responsabilidad sibilina: debes negociar solo con lo que te rodea, lo que, como tú, existe hoy, ahora. Entonces: has de comprar un coche nuevo, un piso nuevo, un libro nuevo, unos pantalones nuevos, un abrigo nuevo, unos zapatos nuevos. Todo lo que te rodea debe responder a la misma mecánica del presente. Todo ha de ser presente. La moda es siempre presente aunque retome patrones del pasado, la literatura presenta sus novedades aunque la dialéctica del autor-lector no haya cambiado en los últimos cien años; todo está diseñado para ser material fungible. Nada debe perdurar.

El presente es agotador, Facebook y Twitter son agotadores con su dictadura momentánea. Nadie se atreve a escribir un twitt explicando lo que hizo hace diez años porque hace diez años no existía Facebook ni Twitter; la vida empezó cuando Mark Zuckerberg y Jack Dorsey nos alfombraron la pasarela de la sociabilidad virtual para que todos la pisáramos en pijama y zapatillas, desde casa.

Con las redes sociales se ha resquebrajado la distancia que media entre el pasado y el presente. Pero esta brecha inunda todos los ámbitos imposibilitando un análisis sosegado y fiable; me gusta comparar la dicotomía entre pasado y presente dirigiendo la mirada a la industria del libro:

El presente nos excita, el pasado nos inquieta. Saber que hay miles de libros esperando en los anaqueles de las novedades de la fnac es una realidad erótica; saber que Los miserables de Víctor Hugo se sigue editando ciento cincuenta años después, nos resulta inquietante; creo que todos preferimos excitarnos antes que inquietarnos, de hecho, la especie se mantiene gracias a este principio. Para el que se haya perdido: preferimos ponernos cachondos antes que indagar en nuestra inquietud. Sin embargo, Víctor Hugo (por seguir con el mismo ejemplo) también gozó de su presente, un presente alfombrado por otros prestigios (por ejemplo, el prestigio de lo que en su tiempo se entendiera por pasado; el pasado del pasado). Y aquí es a donde quería llegar después de 3.452 caracteres: Conviene caminar dejando atrás la luz mortecina y eterna del pasado, pero entendiendo que es su brillo el que alumbra nuestras dudosas pisadas. Mientras el presente se resbala, sigiloso y veloz, el pasado persiste; el pasado no se acaba nunca.

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