Franco en la nevera

La fundación Francisco Franco va a querellarse con el artista Eugenio Merino por una obra que este último ha presentado en ARCO y que se titula Always Franco. La escultura representa al general dentro de un refrigerador de Coca-cola. De todas las perlas que ha dicho el vicepresidente de la fundación me quedo con esta: “¿Cómo se sentiría usted si ofendieran a su familia o a quien usted considera el valedor de sus valores y principios?”. Aunque esta tampoco tiene desperdicio: “La obra genera odio y enfrentamiento… De Franco se puede opinar lo que se quiera pero no cabe el escarnio contra la dignidad de las personas”.

Lo que nos sorprende no es la demanda o la amenaza de demanda, nos sorprende que exista en España una fundación auspiciada bajo el nombre del general. Me pregunto si existe en Alemania una fundación Adolf Hitler o en Rusia una fundación Iósif Stalin. Tranquilos: ya se que Franco no asesinó a veinte millones de rusos ni a cinco millones y medio de judíos. A Franco no le podemos acusar de nada, no sea que Varela nos impute por prevaricación.

El marqués de Sade y Arrabal estuvieron en la cárcel por escribir textos que atentaban contra la dignidad de las personas (o algo parecido). Desde un punto de vista estricto, más de la mitad de los creadores de todo el mundo deberían estar en la cárcel. Yo metería en la cárcel a Alberto Olmos por decir que la solidaridad ha fracasado: genera odio; o metería en la cárcel a Nabokov por pintar niñas lúbricas en libros descomunales (Nabokov está muerto y el delito ha prescrito).

Siempre ha sido mucho más fácil meter en la cárcel a un cuerpo antes que a una forma de pensar, o a una idea, lo cual demuestra que Foucault tenía razón cuando afirmaba que la cárcel, en las sociedades modernas, trata de castigar el alma y no el cuerpo. En realidad la fundación Francisco Franco no busca encarcelar a Eugenio Merino, busca eliminar la ofensa, tratar de borrarla. Lo siento por la fundación, cualquier ofensa es indeleble, no se puede resarcir, Franco ya está por siempre en la nevera, hagan lo que hagan los abogados.

Afortunadamente las ideas andan siempre por delante de los cuerpos y no se rigen por principios morales, responden a un flujo secreto. La diferencia que hay entre asesinar a alguien y pensar que se le asesina radica en lo que sucede después. Cuando matamos a alguien no podemos dormir; cuando estrangulamos a nuestro jefe en la duermevela dormimos a pierna suelta. Esculpir una escultura, escribir una novela o filmar una película, son actos que escenifican pulsiones íntimas. Sirven de catalizador y el hombre prehistórico ya pintaba bisontes para matar su propio anhelo.

Nos sorprende la normalidad con la que el fantasma de Franco se desliza por entre la vida cotidiana. Nos venden a Franco como si hubiera sido un tipo entrañable, meterse con él es como meterse con aquel abuelo silencioso y serio que observaba la vida bajo la sombra de su boina (debajo de tanta seriedad solo había un secreto: timidez). Debajo de la normalidad con la que debemos aceptar nuestro pasado solo cabe una lectura: la sospecha.

Mi deseo es que la fundación Francisco Franco lea este artículo, venga a mi casa a fotografiarme en bata mientras escribo esto, y luego me ponga una querella por atentar contra la dignidad de las personas.

¿Quién genera más odio y enfrentamiento, la memoria de Franco o la escultura de Eugenio Merino?

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