Reforma laboral

Gracias al dinero los medios de producción no están en manos de quien fabrica, manipula, o inventa la mercancía. Los medios de producción no pertenecen a quien los manosea, pertenecen a quien los paga.

Si yo fuera capaz de pagar la cantidad de dinero que cuesta mi empresa no trabajaría en ella. Esto demuestra que debemos aprender a vivir en la frustración: nunca tendré tanto dinero como para comprar la empresa en la que trabajo, siquiera una participación.

Todos queremos ser millonarios, pero no hay tanto dinero como para que todos vayamos a Sotheby’s a comprar un original de Lucien Freud; no se puede gobernar para la mayoría porque la mayoría puede hundir el sistema. Es preferible gobernar para quien mas dinero tenga. La garantía del sistema es la siguiente: siempre hay alguien que tiene más dinero que tú; también consiste en hacernos creer que podremos llegar a tener más dinero que nuestro vecino. Mientras corremos para alcanzar el siguiente euro, no nos hacemos preguntas acerca de la validez del sistema y de su naturaleza.

Como ya hemos dejado dicho en otro post (aquí) todo queda reducido a dos términos opuestos que se anulan y se alimentan para poder vivir el uno del otro (el uno con el otro). Para la derecha el empresario es la solución y para la izquierda el empresario es el problema. Entre la izquierda y la derecha vamos vadeando, los que aspiramos a ser algún día millonarios, cada nueva reforma laboral.

Para fomentar la contratación el Gobierno ha decidido (entre otras medidas) abaratar el despido. Entiendo que rebajar de 45 a 20, los días de indemnización por año trabajado, es una medida que facilita el despido y no la contratación, es decir: ahorra dinero al empresario. Entiendo que el partido popular considera al empresario como a un tipo honesto, un humanista que crea empresas para que los demás podamos tener comodidades parecidas a las suyas. En ningún caso se cuestiona si esas comodidades son o no la temperatura de lo que conocemos por estado del bienestar, o si el empresario es, al fin y al cabo, un tipo como tú y como yo, que lo que quiere es ganar dinero, y si puede, de paso, divertirse. Exacto, nos falta un poco de diversión.

Ver al empresario como un tipo huraño y egoísta es una imagen que nos debería resultar caduca, decimonónica y dickensiana; verlo como un samaritano también nos resulta ridículo. En España, la mecánica derecha-izquierda empieza a pasar factura histórica: nos aburre la historia. El empresario en España está fuera del yin y el yang, y solo quiere ser su propio jefe y contratar a los colegas para que el trabajo sea lo más parecido a un sábado por la tarde. Pero el aburrimiento sigue siendo pagar las facturas y al final el dinero se lleva por delante todas las adolescencias. Estamos ante una generación que va para los cuarenta y no quiere crecer, no quiere ensuciarse la mirada sabiendo dónde van a parar sus buenas intenciones.

El partido popular entiende que flexibilizar el mercado laboral es hacerlo más asequible a los bolsillos del empresario; si el empresario ve aumentar su capital contratará con mayor libertad (imagino que este es el silogismo a seguir). Perdonen pero no lo entiendo; si yo tengo una empresa contrataré en la medida de lo que mi negocio demande. Si mi negocio no demanda un mayor empleo no contrataré (independientemente de los beneficios que obtenga); por el contrario, si mi carga de trabajo es tal que preciso de un nuevo asalariado, acudiré al mercado de los desempleados para cubrir la demanda (huelga decir que, si el negocio funciona, no tendré problemas de liquidez para contratar). Pero no estamos pues ante un problema de solvencia del empresariado. El empresariado es el que menos ayuda necesita. Si, yo también tengo un primo que tiene una mercería y le va fatal, no me estoy refiriendo a esos empresarios.

El problema en España, después de cien años, sigue siendo el modelo de negocio. Quizá si pensáramos de otra forma podríamos crear puestos de trabajo diferentes. Quizá debamos empezar a correr riesgos que no tengan que ver con el concepto económico de riesgo. Quizá todos los empresarios deberían redefinir el significado de la palabra emprendedor.

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