El yin y el yang

Existen dos únicos puntos de partida para interpretar al hombre: verlo como un lobo o verlo como un ángel, desconfiar o confiar en él. Digamos que hay dos polos; uno representado por Hobbes y otro por Rousseau. El primero establece la condición perversa y falsaria del hombre, el segundo pondera la bondad como impronta del ser humano. Para el primero somos malos, para el segundo, buenos.
Esta visión de la condición humana va a determinar irreversiblemente el posicionamiento político. Si creo en el hombre, manga ancha, libertad absoluta, condescendencia. Si no creo, vigilancia, recelo, cadenas.
Cuando el hombre es bueno por naturaleza debemos despreocuparnos de su respuesta, siempre será positiva; cuando el hombre es un lobo para el hombre debemos estar siempre vigilantes, debemos esperar siempre lo peor.
Adoptar una postura u otra supone construir en función de ella un sistema que nos devolverá en resultados la veracidad del experimento. Veamos:
Tengo un amigo que siempre pone el mismo ejemplo: durante un viaje que realizó por Europa, comprobó con estupor cómo algunas gasolineras tenían un pequeño contenedor con un paquete de periódicos, y junto a él, una hucha para dejar un euro al retirar un ejemplar. El contenedor no tenía ningún sistema que garantizara que aquel que se llevaba un periódico depositaba el correspondiente euro. No se trataba de una donación, era el PRECIO del periódico. Después de explicarme esto me dice que aquí en España eso no puede funcionar. La gente ―dice― se llevaría el periódico gratis, incluso la hucha, de paso.
Pensar de esta manera supone estigmatizar casi cualquier iniciativa, porque de entrada no creemos en su viabilidad.
¿Qué diferencia hay entre Europa y España? ¿Por qué los españoles siempre nos hemos sentido acomplejados ante la urbanidad ejemplar de los europeos? ¿Es realmente ejemplar la urbanidad del resto de Europa?
Empiezo a pensar que arrastramos una leyenda negra desde los siglos XVI y XVII, fruto de la envidia ajena, pero fruto también de la propia ambición. Todo imperio nace con el signo que acabará dinamitándolo (que los norteamericanos tomen nota, serán los españoles del siglo XXV). Fuimos grandes y ahora somos cerdos. En cualquier caso resulta muy sintomático que dos de los pilares de la narrativa en español sean un pícaro y un loco (Lazarillo y Quijote). Teniendo estos dos modelos universales, no es de extrañar que, a ojos del mundo, el español sea un tipo básicamente soñador o básicamente maleducado. Pero volvamos al yin y el yang de la condición humana.
Suponer que mi semejante tratará siempre de poner sus intereses por delante de los intereses comunes, nos lleva a fabricar un sistema que garantice la seguridad del grupo frente a la seguridad del individuo; de esta forma, el otro siempre es el culpable del desmoronamiento del sueño, el sueño no podemos llevarlo a cabo porque antes de intentarlo contamos con que alguien lo derribará, alguien se llevará el periódico sin pagar el euro. Para evitar esto hay que cercenar la oportunidad, hay que disuadir a ese alguien antes incluso de que pueda pensar en el acto deshonesto: hay que vigilar. Hay que crear el mecanismo de defensa antes de que surja la amenaza.
Hemos heredado un mundo plagado de ceremonias incomprensibles y premisas caducas, quizá debamos reconsiderar al otro y tratarlo bajo el prisma de nuestra propia piel, es decir que, antes de acusar al posible infractor sería conveniente preguntarnos qué haríamos en su lugar. ¿Tú te llevarías el periódico sin pagar?

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