Investidura

Empiezo a dejarme llevar por el resbaladizo terreno de la ambigüedad política; empieza a traerme sin cuidado la izquierda y la derecha. Tengo un problema: me gusta Rajoy. El problema no consiste en que me guste el líder de los populares; también me gustaba Zapatero, ahí está el problema. En contra del sentir común, siento simpatía o una especie de piedad hacia todos los presidentes que he ido viendo desfilar por nuestra democracia. A todos parece asistirles un aplomo que está más cerca del fatalismo que de la determinación, es decir, todos parecen ser presidentes a su pesar, como si en realidad no quisieran serlo.

Todo el mundo entiende que aquel que se presenta a unas elecciones generales lo hace por voluntad propia. Yo sostengo lo contrario: lo hace porque se ve obligado a ello, porque su biografía le empujó al final a ese callejón sin salida, a ese ―digámoslo ya― último round.

No sé hasta qué punto Mariano Rajoy ha pensado en la responsabilidad que supone dirigir una nación; creo que ningún presidente es consciente de ello, creo además que cualquier persona normal renunciaría a la posibilidad siquiera de presentarse como candidato. Los políticos son los mártires laicos de esta nave a la deriva que llamamos historia.

Un político profesional es aquel que nació y creció al margen de la realidad mayoritaria, está, por lo tanto, incapacitado para comprender qué es lo que le conviene al común de los mortales. Pero sabe hacer como si lo supiera.

Bajo mi razonamiento, un presidente electo es una persona que no desea ser la responsable, pero decide interpretar el papel y aceptar su destino. Aquí es a donde quería llegar. Todo presidente cumple su destino mediante la votación de la mayoría, pero la elección no es la voz del pueblo, la elección es el trámite necesario para que el político alcance su destino.

Todos los presidentes que hemos tenido carecían de un rostro humano, en el mapa íntimo de sus arrugas hemos podido atisbar los signos de la indiferencia, como si se dijeran a ellos mismos: así que esto es ser presidente de un gobierno. Yo no veo cansancio, yo veo un aburrimiento cósmico en la trasformación de sus cuerpos.

Alguien que no sabe lo que es no llegar a fin de mes, no tener plaza en una guardería pública, ganar mil euros y pagar una hipoteca de setecientos, quedarse en el paro, quedarse sin el paro, notar, en definitiva, que se es parte activa del conglomerado genérico que llamamos sociedad, alguien ―digo― que no sabe nada de todo esto, difícilmente podrá entender las necesidades de la mayoría y cómo afrontarlas. Hasta el momento, la política pertenece a una élite que vive al margen: se educan en los colegios más caros, se codean con la casta adinerada, se conocen entre ellos e ignoran por completo a los que, en la base de la pirámide, sostenemos todo el sistema. No critico la existencia de esta clase alta, a mi me parece muy bien que haya de todo en la viña del señor y que cada cual haga lo que crea conveniente con su dinero, lo que trato de postular aquí es que un presidente elegido por la mayoría debería ser, desde su nacimiento, lo más parecido a sus votantes.

Del desajuste entre los presidentes y los votantes nace la piedad, alguien miró también al cielo y espetó: perdónales señor, no saben lo que hacen. De igual forma todos los grandes líderes parece que actuaran bajo el efecto del narcótico del poder, ninguno se inmuta ante la crisis salvaje o ante la impasible terquedad de la mayoría, ninguno sabe lo que hace, pero todos parecen asumir su cruz con seriedad, con forzada entereza.

La responsabilidad no es ―no debería ser― una carga, la responsabilidad consiste en responder con habilidad; la abnegación, el sacrificio, la terca severidad, no tienen nada que ver con esa virtud. Nunca he visto que un político, en lo que llevamos de democracia, tratara de responder con habilidad; más bien siempre tratan de responder de la manera esperada, es decir que, antes de que digan algo, ya sabemos qué van a decir. Así que vistos así, como marionetas de su propio destino, no puedo dejar de sentir algo parecido a la pena cuando observo investiduras y juramentos.

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