Europa

Las ruinas nos escupen desde su paciencia una lección vital: por mucho que nos empeñemos, el edificio de la historia terminará por derrumbarse. Nunca nos hubiera dado por equiparar nuestra onerosa hipoteca con las ruinas de Termancia; sin embargo, ¿alguien ha pensado mientras paga las letras que su piso sobrevivirá doscientos años, acaso cien?

Participamos del espectáculo económico sin mirar más allá del mes vencido. Por si alguien no lo sabe aún, o no lo ha pensado: su fabuloso piso, su chalet adosado con vistas, su ático hipermoderno, su estudio de cincuenta metros, todo, todito acabará desapareciendo antes o después, la herencia que dejamos a nuestros hijos también se evaporará. Me pregunto dónde están los potentados de la antigua Grecia, dónde las grandes fortunas. Marco Aurelio lo escribió hace la friolera de mil novecientos años: «Mira detrás de ti el abismo de la eternidad y delante de ti otro infinito». Teniendo este panorama siempre presente deberíamos sonreír cuando hablamos de Europa.

El euro se hunde, Europa se hunde, Merkel y Sarkozy rebautizan la moneda única, el BCE pinta más dinero (nunca he comprendido la diferencia entre dinero falso y legítimo, toda vez que el patrón oro ha desaparecido), Inglaterra se desentiende, ooooooh.

Nos creemos muy importantes por vivir en la era de Internet, la globalización y demás, pero nos aguarda el mismo destino infinito que les esperó a todos los hombres que nos precedieron. Europa también desaparecerá dejando los ibooks de historia plagados de fotografías desconcertantes.

Toda esta retahíla nihilista debería servirnos para mirar con otros ojos a nuestro viejo continente, no tratamos aquí de hacer apología del pesimismo, no; tratamos de contraatacar.  Europa ha tenido siempre un problema: demasiadas fronteras en un espacio geográfico reducido, por esta razón hemos venido dándonos de hostias hasta los años cuarenta del siglo pasado; la Europa que conocemos hoy no tiene nada que ver con la Europa que conocieron nuestros padres, a ellos les asustaba la posibilidad constante de la guerra, a nosotros tratan de atemorizarnos con la posibilidad de la recesión.

Si dejamos a un lado la región de los Balcanes, Europa no ha conocido en toda su historia un período de tiempo sin conflictos armados tan prolongado como el que vivimos hoy, la unión europea ha servido para pacificar la región, el euro ―sin embargo― parece que puede volver a violentarla.

Nos hablan de posible catástrofe y miro las ruinas del imperio romano con fascinado desdén: ellos también se pensaron como centro del universo. Pensar a lo grande es la mejor manera de postergar los asuntos mundanos e inmediatos; ocupémonos de nuestro barrio, cuando la recesión, como un fantasma cansado y repetitivo, recorra Europa, solo nos quedará cobijarnos en nuestros asuntos banales, el día a día de nuestra calle, el sueño perpetuo de los héroes anónimos.

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