Islandia mon amour

La sobrecarga de información nos hace mirar siempre para otro lado, y nos hace preguntarnos qué pasa cuando no pasa nada, o qué pasa cuando pasa algo importante y no aparece en los papeles. Sospechamos con asiduidad que hay algo que no nos cuentan, algo, como por ejemplo, Islandia.

En Islandia hace mucho frío y además tienen una cantante (Bjork) que grita mucho, además conocemos por el National Geographic sus volcanes y la apabullante colección de postales en las que nunca sale nadie. Islandia parece un islote a la deriva del tiempo que navega anárquico y solitario por entre las brumas de la crisis. La crisis, ese estado del alma. En Islandia hay, además, islandeses, son gente como tú y como yo. Islandia mon amour.

Empezaoms a estar un poco hartitos de la monogamia que vienen disfrutando los medios de comunicación y la crisis: son tal para cual. El periodismo había disfrutado por temporadas de una sana promiscuidad, de un no casarse con nadie, la edad dandy de los plumillas, pero parece que el reportero se nos hizo mayor y ha perdido la imaginación por culpa del dinero. ¿Y qué hay de Islandia, mon amour?

Nada.

Resulta inquietante que un país que ocupó las portadas de medio mundo, durante gran parte del dos mil ocho, haya quedado relegado al purgatorio del olvido tan pronto; también resulta inquietante no saber qué pasa cuando caducan los titulares y el sensacionalismo de la primera sensación se desvanece con calculada indiferencia. Katrina, Haití, Japón: ninguna desgracia hace muesca en el revólver de la vida. Estamos expectantes sin esperar nada, nos han educado para vivir en un constante estado de expectación y así todo desenlace decepciona, sólo nos impresiona el primer titular.

A todos nos asombró que una nación moderna, fría y educada, declarara su bancarrota. Siempre hemos pensado que la modernidad paga sus facturas con delicadeza, y nunca sospecharíamos que un gentleman no lleva suelto para café o tabaco. Islandia nos ha enseñado que puede parecer uno millonario estando en la ruina. En el mundo de las apariencias Islandia es la metáfora del hombre hipermoderno, el que está más allá de la modernidad y se maneja a la perfección pareciendo ser lo que no es. Esta es la primera lección, la segunda es mucho más displicente y directa: podemos decir no de vez en cuando; en Islandia se han negado a pagar la deuda.

No haremos aquí un análisis pormenorizado de las causas y azares que han llevado a los islandeses a su sepuku económico (opinar consiste en esgrimir la espada de la ignorancia para batir a la erudición, opinar es atreverse con todo a condición de no saber de nada), nos interesa ―como no podía ser de otra forma― la cacerolada, nos interesa saber qué pasa cuando la escombrera de la historia tira por caminos adyacentes. Sabemos que Islandia tiene que pagar una cantidad indecente de dinero gracias a las bondades de algunos políticos y algunos financieros, y sabemos que la maquinaria de la justicia islandesa está tratando de sentar en el banquillo de los acusados a ciertos responsables. Lo que nos gustaría saber es qué pasa cuando una nación se niega a pagar lo que debe, qué pasa si, en lugar de ver cómo se hunde el barco, los pasajeros toman el control del navío. Nos gustaría saber algo más a parte del apocalipsis que se dibuja cada día en las líneas puntiagudas de la bolsa. Eso es todo.

¿Puedo saludar?: A Luis B, que me regaló esta idea.

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