La Internet

La Internet nos ha llevado a casa el porno y las revoluciones otomanas; también Clinton nos enseñó que sobre la misma mesa se puede despachar una declaración de guerra y una becaria en flor. Que el mismo artefacto se utilice para funciones insospechadamente antagónicas nos debería llevar a cuestionar la naturaleza del artefacto. Debemos estudiar la anatomía del despacho Oval y la transparencia abrasadora de Internet.

Creíamos que con la Intenet todos íbamos a ser más listos y lo que está sucediendo es que estamos cada vez más desconcertados, o aunque nos asuste decirlo: estamos igual de aburridos. No hay que tenerle miedo al aburrimiento, no todas las generaciones tienen una guerra que contar. Nos gustaría hacer nuestra propia guerra, pero los dinosaurios de la transición no nos dejan: así que tenemos Internet para jugar y para simular revoluciones.

Internet es el último juguete que nos construyó papá para que no le molestáramos. La  generación anterior ha estado muy ocupada tratando de que no la molesten, mientras la historia le ha pintado el rostro sanguíneo y rubicundo de la decepción.

Todas las generaciones han tenido su juguete moderno, críptico y necesario, que las explica y explica su tiempo; así tenemos que la gran batalla, el gran reto del hombre, no es otro más que el aburrimiento, aprendemos a luchar contra el aburrimiento mucho antes que a construir la vaga certeza del yo, de tal modo que nadie sabe quién es ni dónde está, pero sabe que la espada de Damocles del aburrimiento puede partir en dos su felicidad.

La tecnología ha dado en una épica que es la lucha del hombre contra sus propios inventos, y todo avance técnico no es más que un intento de prolongar las percepciones humanas (M McLuhan). Así, Internet se ha terminado por configurar como la conciencia sinérgica del mundo, la puesta en escena de lo que Jung llamó la conciencia colectiva. Todo parece que está en Internet, expositor de lo más aberrante, lo más frívolo, lo más interesante, lo más especializado, lo más.

Lo que pasa con los inventos es que confrontan derecho y privilegio en una dialéctica asombrosa: creemos tener un derecho cuando se nos entrega un pesado privilegio. El agua, la luz, el gas, no son un derecho, son un privilegio. En puridad solo tenemos derecho a hipotecarnos para que suba el Euribor y nos joda las vacaciones. Si hacemos una revisión honesta de todos nuestros derechos acabaremos por descubrir que atesoramos más deudas que beneficios en el balance del contrato social. A la mierda con Rousseau. Volvamos a la Internet.

Baudrillard nos explicó ―sirviéndose de Borges― que la representación superó a la realidad, y que vivimos por lo tanto, en el tiempo de los simulacros. Es mucho mejor parecer que ser; parecer no comporta ningún peligro, para ser hace falta compromiso. En Internet todo es inofensivo porque todo es falso, todo es un simulacro, todo es virtual. Mientras que Hamlet se debatía entre ser o no ser, a nosotros se nos ha entregado la deliciosa disyuntiva de fabricarnos una personalidad falsa en facebook o en Twitter: parecer o no parecer, esa es la cuestión.

Tengo que decir, para que no me acusen de anacrónico o reaccionario, que hay algo fascinante y en verdad revolucionario en todo esto de la Internet: por primera vez el flujo de la información es gratuito y está sujeto únicamente al capricho de los usuarios ―no estoy hablando de bajarse la última película de Spilberg― con todos los daños colaterales que esto pueda causar. Dentro de esos daños, existe, en la teoría de la información, un concepto capital: la sobrecarga de información, que provoca en el receptor una parálisis a la hora de tomar una decisión. La sobreabundancia de datos paraliza, abruma, desanima. Esta eclosión nos empuja a buscar la verdad o lo real allí donde siempre estuvo: en nosotros mismos.

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